La exclusión digital es una trampa disfrazada de inclusión en la tercera edad, la cual se basa en la situación en la que las personas mayores tienen dificultades o no pueden acceder a sus derechos, utilizar o beneficiarse de las tecnologías digitales para cumplir con los servicios o acreditaciones monetarias o beneficios educativos y sociales. Y para ello deben acceder y no poder comprender internet, los teléfonos inteligentes, aplicaciones y servicios en línea.
La confluencia del envejecimiento y la digitalización es una característica distintiva de esta nueva era. Si bien la digitalización ofrece comodidad, también obliga a las personas mayores a utilizar herramientas que no existían durante su juventud o vida laboral.

La relación entre tecnología, personas mayores y acceso mediante teléfonos celulares y/o computadoras está vinculada al problema de la exclusión digital y la falta de empatía de los organismos que los deberían auxiliar y que los obligan al uso tecnológico, las empresas (en especial servicios de salud y bancos). A esa falta de empatía se agrega el de los empleados ligados a dichos organismos, que consideran antinatural y hasta ofensivo el pedido de ayuda o el respaldo en papel de hasta un estudio clínico con el consiguiente estrés y sensación de desprecio y abandono.
En Latinoamérica, donde más del 40% de las personas mayores de 65 años no utiliza internet regularmente, esto genera dependencia y aislamiento
Aunque los teléfonos inteligentes y computadoras permiten acceder a servicios de salud, banca, comunicación y trámites, muchos adultos mayores enfrentan barreras que profundizan la brecha, como:
- Desigualdad en recursos debido a costos de dispositivos y conexión a internet. Se les obliga el uso de dispositivos adecuados y su consecuente servicio de internet estable, cuando con sus ingresos monetarios no llegan a cubrir sus necesidades básicas.
- Muchas personas adultas mayores viven solas o por diversas causas casi o sin personas de confianza.
- Falta de conocimientos digitales.
- Interfaces complejas o con falta de diseño accesible en aplicaciones y sitios web.
- Exigencia de reconocimientos faciales, la mayoría fallidos, que no toman en cuenta que los rostros pudieron cambiar por diversos motivos, entre ellos la edad, mala alimentación o problemas de salud. Este tema de reconocimiento facial lo puede experimentar cualquiera en cualquier edad que desee adherirse a una aplicación bancaria, pero no se toma como experiencia ni para ayudar o facilitar el trámite a un adulto mayor.
- Trámites bancarios, turnos médicos o servicios que piden códigos o comunicaciones telefónicas que solo van a servicios 100% digitales y automatizados sin alternativa de atención presencial o telefónica humana y que impiden llegar a un humano con quien tratar la consulta que deseen hacer.
- Barreras físicas y cognitivas. Dificultades visuales, motrices o problemas para comprender interfaces complejas y poco intuitivas.
- Prejuicios (edadismo), miedo a cometer errores, falta de motivación o temor a las estafas virtuales.
Como consecuencia, cuando servicios esenciales se trasladan exclusivamente a plataformas digitales, muchas personas mayores pueden quedar excluidas de la participación social y del acceso a derechos y servicios.

Todos estos factores pueden convertirse en una forma de discriminación cuando el acceso a información, servicios o derechos depende exclusivamente del uso de tecnologías digitales.
Para reducir esta exclusión, se promueve como medida más importante el mantenimiento de CANALES PRESENCIALES alternativos, y atendidas por personal con la empatía correspondiente a personas que realmente el tema digital llega muy tarde en sus vidas.
Todo esto nos lleva a una idea central: los dispositivos electrónicos de comunicación pueden ser una herramienta de inclusión para los adultos mayores, pero realmente y generalmente pueden generar exclusión si no existen condiciones adecuadas de acceso, capacitación y accesibilidad.

Sus Manifestaciones y Consecuencias
• Suma un factor de estrés más, uno que se suma a cada lucha por la manutención, la salud, la falta de políticas para acompañar a este sector y la mala paga luego de haber trabajado toda su vida.
• Imposibilidad de realizar trámites que solo se ofrecen en línea.
• Dificultades para acceder a servicios bancarios, sanitarios o administrativos digitales.
• Desigualdad en el acceso a información, educación, servicios y oportunidades.
• Estereotipos que asumen que las personas mayores no pueden aprender o utilizar tecnología. O que molestan en su pedido de ayuda.
• Menor comunicación con familiares y amigos. Aislamiento social.
• Menor participación social debido a barreras tecnológicas.
• Dependencia de otras personas para gestionar actividades cotidianas y su consecuente pérdida de autonomía. Mayor dependencia de terceros para realizar gestiones cotidianas.

* Conclusión *
La exclusión digital de los adultos mayores no es solo un problema tecnológico, sino también social. Cuando las barreras digitales impiden su participación en igualdad de condiciones, puede y debe considerarse una forma de discriminación por edad, ya que limita el ejercicio pleno de derechos y oportunidades disponibles para el resto de la población.